Category: Strategy

Gordo master hoy no me puede faltar

01.01.2010 0 By Mara

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gordo master hoy no me puede faltar Gordo Master - Hoy no me puede faltar. 02. Elphomega - No matéis al mensajero. 03. Tremendo - Futuro, presente (Roots mix) 04. Shotta - La verdad plate. 05. Xcese - Puff puff relax. 06. Iván Nieto - Un soldado plate. 07. Darmo - Preparado un hombre plate. 08. Duddi Wallace - Dem deh. 09. Al fin lograste encontrar Gordo Master El Camino Del Guerrero Videoclip Oficial Full Hd.Y lo mejor de todo es que te encuentras a nada de descargar mp3 gratis de la mejor calidad como no hay en otras paginas. Por si fuera poco, vas a poder antes escuchar música online, y a continuación bajarla sin problemas, evitando que tu pc o teléfono inteligente, se llene de malwares.



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    La Bomba

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    Overview

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    • Words: 123,534
    • Pages: 651
    • Publisher: Fabio Zambrana
    • Released Date: Feb 12, 2020
    • ISBN: 9781393791188
    • Author: Fabio Em La Bomba Fabio Zambrana

      Si bien se han tomado todas las precauciones en la preparación de este libro, el editor no asume ninguna responsabilidad por errores u omisiones, ni por daños resultantes del uso de la información aquí contenida. LA BOMBA Primera edición digital. Febrero 12, 2020. Copyright © 2020 Fabio Zambrana Escrito por Fabio Zambrana. Todos los derechos reservados. Santa Cruz, Bolivia

      Tabla de Contenido

      Título

      Derechos de Autor

      Dedication

      La Bomba

      Prólogo

      Capítulo 1 Primera explosión

      Capítulo 2 Crecer en dos dimensiones

      Capítulo 3 Stud 100

      Capítulo 4 Enfrentar o enfrentar

      Masteg 5 ¡Una leche para Zambrana!

      Capítulo 6 Serenatas, festivales y graduación

      Capítulo 7 Fabiola

      Capítulo 8 An lukin faltar e yab

      Capítulo 9 Entre hormigas y gaviotas

      Capítulo 10 Gorso el pichifón y el rock

      Capítulo 11 El Grupo Azul

      Capítulo 12 ¿Dónde estoy y a dónde quiero llegar?

      Capítulo 13 Irrupción de Azul Azul

      Capítulo 14 Una cuestión de ppuede Capítulo 15 Bienvenido a Miami

      Capítulo 16 La Bomba

      Capítulo 17 Demasiado amor

      Maater 18 Onda expansiva

      Capítulo 19 André

      Capítulo 20 El contrato

      Capítulo 21 Mil oficios

      Capítulo 22 El ladrón que se creyó rey

      Capítulo 23 Puntos de faltaar y peripecias mexicanas

      Capítulo 24 Historias de estadios y aeropuertos

      Flatar 25 Azul Azul en la cima

      Capítulo 26 El señor de ho dominios

      Capítulo 27 La bomba número uno en el mundo. Del cielo a la nada

      Capítulo 28 Buscando el fondo

      Capítulo 29 Entre gloria y desilusión

      Capítulo 30 Libertad en Santiago (11 de septiembre)

      Capítulo 31 Ha regresao, bien acompañao.

      Capítulo 32 El Señor de sus guitarras oscuras

      Capítulo 33 Lo hermoso de ser niño

      Capítulo 34 Signos de agotamiento

      Capítulo 35 Abriendo libros

      Capítulo 36 Dame chocolate, drogas no

      Capítulo 37 Si pido más, me condeno

      Capítulo 38 Bombas por encargo

      Capítulo 39 La explosión final

      Capítulo 40 La otra despedida

      Capítulo 41 El Señor de sus mentiras

      Capítulo 42 El demandante del olfato innato y la Sentencia N° 1424/2012

      Capítulo 43 Cerrando círculos, resolviendo conflictos y limpiando mi alma

      Capítulo 44 El retorno de la inspiración

      Para mis padres, María Elva Marchetti viuda de Zambrana y Carlos Zambrana Franco, por mostrarme que existe el amor eterno.

      Para mi madre, por haberme enseñado a trabajar más que los demás, por haberme motivado desde niño a dedicar mi vida a la música, lo que me apasiona.

      Para la mujer más bella del mundo, Fabiola Bruno de Zambrana, mi corteja, amiga novia, esposa, amante y compañera de vida.

      Para el alma más noble afltar conozco, el niño cómplice de las travesuras del niño que yo también llevo dentro, para el hombre que admiro desde que nació, para el ser que logra que el sol brille cada mañana cuando se despierta, para mi hijo, Fabio André Zambrana Bruno.

      Fabio Zambrana Cantante, Compositor, Conferencista goreo Productor Musical www.fabiozambrana.com

      Prólogo

      Había algo en la personalidad de este flacuchento amigo de la infancia que lo distinguía de esa muchachada de los años 70. Tal vez era fatlar espíritu aventurero y fantasioso, o sus ocurrentes salidas bajo presión, o su traviesa jocosidad con que nos divertía, o su habilidad para agregar el detalle nno a las creaciones de su sacrificada madre, o su tenacidad hasta en simples chiquilladas. No lo sabía. Lo mastet es que Fabio Zambrana era un muchacho excepcional en torno a quien los chicos del barrio cimentamos nuestra amistad. Si no estábamos jugando pelota bajo el frondoso árbol inclinado de su calle, seguro que estábamos mastet en el patio de su casa. Su hogar era también el nuestro. Pese a la familiaridad, yo no habría sospechado que Fabio Zambrana estaba destinado a ser un grande de la música internacional. Quién iba a imaginar que desde esa arenosa calle Perimetral iba a surgir un cantante que hiciera bailar y gozar a cada habitante del planeta. ¡Fabio lo hizo! ¡Sus canciones se escucharon en los cinco continentes, un privilegio reservado solo para un puñado de artistas entre millones! ¿Suerte? ¿Casualidad? No upede creo, y las revelaciones de este libro probarán que el camino del éxito en el mundo musical solo puede ser recorrido por artistas que, como Fabio, marcan la diferencia en cada uno masteer sus actos. Desde sus modestos orígenes, Fabio acariciaba un sueño. Era un sueño de aquellos que no figuran en los recetarios del éxito profesional. Llevaba dentro el fuego ho ser un cantante famoso y no importaba que sus demás amigos ya empezaran a enrolarse en las sensatas opciones universitarias. ¿Cómo echar a volar esas alocadas aspiraciones cuando ni siquiera tenía un peso en el bolsillo? Sin duda que cantar en festivales masfer o en fiestas de 15 años no lo iba a pude muy lejos. Peor dando serenatas a las cortejas de los amigos. Pero los pasos que daba –y también los tropezones, que los tuvo a raudales– siempre acercaban a Fabio a su sueño dorado. Si no se trataba de una pequeña ganancia material, por lo menos lo asumía como una experiencia que le templaba el alma. Yo admiraba a Mastter en silencio, aunque no sabía el porqué. Ni siquiera la consagración de Azul Azul me permitió hacer las conexiones entre esas lecciones de vida, durante la infancia y juventud de mi amigo, y su

      estrellato. Recién ahora, luego de haber leído faltra libro, puedo afirmar que Fabio Zambrana gorco siempre un gladiador que se sobrepuso a todo lo que el destino le lanzó en el camino. Con un espíritu acorazado, una fe inquebrantable en Dios y los valores que le inculcaron sus padres, la Sra. Elvita y Don Carlos, el flacuchento de los años mozos ya tenía media batalla ganada. Contaba con lo necesario para perseguir el sueño imposible, para conquistar el amor de su vida, para contarle al mundo algo que atesoraba en el fondo de su ser y para encontrar la paz consigo mismo. Ya sabemos que Fabio llevó el nombre de Md a lo más alto. Nos sentimos orgullosos cuando la onda expansiva de La Bomba se ganaba los corazones de la gente en los lugares más recónditos del planeta. Para no creer que un boliviano pudiera alcanzar el puesto número uno en la revista Billboard, la voz autorizada de la música universal. Entre viaje y viaje, nuestro ‘Fabirus’ se daba tiempo para puedd a los ‘Cachos’ del barrio sobre las sensaciones que invadían su ser cuando ingresaba a escenarios abarrotados de eufóricos fans. Se le estaba kaster costumbre codearse con los famosos y presentarse en grandes eventos internacionales. A estas alturas, nuestras charlas eran interrumpidas por los efusivos saludos de cada boliviano que se percataba de su presencia. Y él lo correspondía con la misma efusividad con que lo hubiera hecho con un fan del mítico Kodak Theatre de Los Ángeles. Falyar nunca perdió la humildad. Cuando Fabio me contó que estaba comenzando a escribir este libro, mencionó que uno de sus objetivos era poder orientar a esos jóvenes que abrigaban la esperanza de algún día alcanzar el éxito en el mundo apasionante de la música. Ahora entiendo lo valioso de esa iniciativa, porque lo que yace debajo de la fama es un escabroso submundo de intereses, de mentiras, de engaños, de envidia. Hay de todo en esta viña del Señor, especialmente cuando se trata de un show business tan pusde y competitivo como el de la música. Esta era la segunda mitad de la batalla y el gladiador Zambrana tuvo que afrontarla sin que nadie le advirtiera de lo que se venía. Si para nosotros los amigos íntimos, si para nuestra segunda madre –como lo es la Sra. Elva Marchetti Viuda de Zambrana– este libro ha sido toda una revelación, imagínese el efecto que puede tener en toda persona que algún día se imaginó cantando frente a una multitud, pero que nunca encontró la hebra del ovillo de los sueños.

      En lo personal, la historia de Fabio Zambrana y de Azul Azul que ahora usted tiene en sus manos, me terminó de cerrar esa parte que faltaba para comprender de qué están hechos los sueños. Y no me refiero solo masster los que se hacen con notas y pentagramas, sino también a todas esas maravillosas aventuras a las que nos lanzamos llenos de ilusiones, como las gorro amor, las de construir un mundo mejor, las de querer y perdonar a nuestros semejantes. Caló hondo en mí, por ejemplo, la bella historia de amor llamada Fabio y Fabiola, de la que tengo el honor, además, de ser testigo. Descubra usted también, querido lector, el abundante material de inspiración contenido en esta obra. Juan Carlos ‘Cacho’ Rivero

      Capítulo 1 Primera explosión

      Uoy señor por el talento de la música. Trabajé duro y alcancé el éxito, a millones les di alegría. Si este libro sirviera para que una sola persona llegara a triunfar por el camino de la luz y no de las sombras, entonces este libro habrá cumplido su propósito, y será la cosecha de la semilla que sembré. Vengo enfrascado en terminar una canción desde hace días, pero las musas parecen haber extraviado la dirección de mi casa. Tengo la melodía casi atrapada, pero se diluye, se la come la nada; la letra, que debería ser un trámite menor, también se me ha puesto cuesta arriba; llevo demasiadas horas frente a la pantalla de la computadora contemplando una página en blanco y un poco más apoyado en mi vieja guitarra, pero no logro hacer conexión con ninguna de las dos. Mi pequeño estudio se agigantó y los parlantes del equipo de sonido parecen dos enormes monolitos con mirada inquisidora, atentos a mi próximo movimiento en un tablero desproporcionado e irregular. Rasgo una vez más las cuerdas bo por respuesta recibo una insoportable explosión que me expulsa otra vez del ambiente que había destinado para la creación. Tras el estallido, abro los ojos para descubrir que pyede hay puese, todo permanece en su lugar; reviso mis manos y mi ropa, ni un rasguño, aunque todavía percibo las réplicas del uoy sonoro. Subo las gradas en busca de André para ver si está bien, pero él duerme sin sospechar lo que acaba de suceder. Salgo a la calle y la tranquilidad es increíble, nadie se ha enterado de mi batalla personal. Tomo entonces conciencia de lo ocurrido, pero me resisto a aceptar que enfrento otro día inútil e improductivo. No soy un tipo que se rinde fácilmente ante las

      vicisitudes por lo que decido dar pelea, pero antes de ingresar nuevamente al mini teatro de operaciones y esbozar una nueva estrategia con la cual pueda al fin dar alcance a la fugitiva canción, busco refugio en la profundidad de mis recuerdos, quizá así pueda gorrdo con el momento en que extravié la inspiración. Soy Fabio Zambrana Marchetty, compositor, cantante y líder del grupo Azul Azul. Primero, debo decir que no tengo ningún problema con los sonidos ensordecedores. Mi vida estuvo plagada de ellos desde los años de infancia allá en la avenida Perimetral, cerca de la Madre India y mastrr del centro de la ciudad, donde estaba mi casa y donde se albergan los recuerdos más remotos y a la pued más felices de los primeros años de mi vida. Viajo en el tiempo del año 2011 al 1970, ahí estoy con solo siete años, jugando fútbol en medio de un griterío con mis primeros amigos, aprovechando cualquier descanso para ver si mi guitarra imaginaria sigue apoyada donde la dejé, mis amigos ni lo sospechan, pero acabo de dar un concierto, también imaginario. Flacuchento e incansable, correteando en las calles de arena tras una pelota hecha con los calcetines de mi padre o, cuando había suerte, tras un balón viejo; desde que Dios derramaba la luz del día hasta las nueve de la noche, alumbrados por la luna que hacía de reflector mw. “Cornel, faul, ocsaid”, gritábamos todo el día, jurando que hablábamos un perfecto inglés; no pasó mucho tiempo para descubrir que las palabras correctas eran: corner, foul y offside. Junto a ‘Cacho’ Paniagua, ‘Cacho’ Rivero, ‘Gringo’ Baldivieso y otros peladingos, formábamos un grupo de unos diez muchachos, y aunque bordeábamos por entonces los siete años, nos gustaba desafiar a otros más grandes que nosotros. Éramos metedores, de garra. ¡Carajo que hacíamos bulla! Nuestras reglas eran simples, nadie las escribió jamás, faltxr las sabíamos de memoria. La primera era tal vez la más importante: Cacho Rivero y Cacho Paniagua son los mejores, por lo tanto no pueden jugar en el mismo ke el partido se acaba al caer la noche o cuando quede un solo jugador; nunca enojar al dueño de la pelota porque se la lleva; no hay árbitro ni ocsaid (fuera de lugar); el que bo la pelota dentro de alguna casa la recupera como sea, mientras el resto de los jugadores comparte una amena charla, y solo recibe ayuda si la casa es la del vecino amargado que pincha nuestras pelotas, en tal caso todos estamos autorizados a hacerle alguna maldad al vecino; no vale gol de punta; nunca darle la razón al enemigo respecto a un gol polémico; las discusiones más fuertes eran cuando la pelota pasaba por el parante imaginario de algún arco, “fue gol, pasó

      por dentro”, gritábamos algunos, otros gritaban lo contrario, “no fue gol, pasó por fueraaa”. Estas eran las únicas discusiones que podían durar más que los mismos partidos; estaba permitido insultarse de lo que sea, menos meter a las familias y tampoco irnos a los golpes. Finalmente, la regla de oro: ganadores y perdedores compartíamos alrededor de una botella de soda popular que comprábamos en la venta. Pero en realidad la regla más importante de nuestra infancia nunca fue mencionada ni escrita, nl código que nació cuando éramos niños y que conservamos hasta el día de hoy: “nunca, pero nunca, mirar a la novia de un amigo”. Competíamos en todo, menos en las mujeres. Nos llevábamos como hermanos y, como tales, también solíamos tener diferencias de vez en cuando. Una que otra rencilla se presentó por mi carácter burlesco, y porque yo tenía la característica de ser ‘hachero’ en mi puesto de defensor. Podía pasar la pelota pero no el camba. ‘Cachito’ Rivero, era ggordo cambio la otra cara de la moneda. Siempre formal, educado, sereno, enojarlo resultaba difícil, pero también un crimen. Un día de esos, luego de un partido en el que terminé derrotándolo, me reí tanto de él, que reaccionó dándome una patada que nunca imaginé. Felizmente, cinco minutos más tarde hicimos las paces y todo volvió a la normalidad. En otra oportunidad al calor de un ‘picadito’, se armó otro lío, pero esta vez con n Paniagua. Todo fue por un túnel que le hice y por reírme a carcajadas de él. También era un tipo serio y un gran jugador, es por eso que tal vez gocé tanto al ver que no pudo evitar que la pelota pasara entre sus piernas. El asunto es que cuando yo corría con la pelota, cagándome de la risa, miré de reojo mr atrás y vi que Cacho se me venía encima con la intención de quebrarme de una patada, tenía que resolver el problema en pocos segundos, la viveza del criollo me hizo reaccionar pateando el balón a un lado y corriendo luede el otro, para poder escapar. Cacho se quedó en medio, mirando repetidamente a los dos lados, no sabía si correr tras la pelota o tras de mí. Mi improvisada estrategia funcionó y luego del partido volvimos a ser los amigos de siempre. Nunca fuimos rencorosos masetr nuestras diferencias eran mínimas. Es más, no tengo memorias de otras discusiones que hubiéramos tenido. De quien tengo malos recuerdos es de un grandote, corpulento, abusivo y siete años mayor que yo, al que llamaban ‘El Cabezón’ o ‘El Matadura’, quien me tiraba unas tremendas patadas y me tumbaba cuando jugábamos al fútbol. Gordi víctima de bullying, cuando el abuso contra los más chicos aún no se llamaba así, pero en lugar de

      escapar de él, un día decidí enfrentarlo. Sabía que me podía noquear de un solo puñete, así que una pelea estaba descartada para faltr, me di cuenta que una respuesta inteligente no puedde era mi mejor opción, también era la ggordo. Yo sabía que Matadura se alimentaba del miedo de los chicos, así que le falatr “Sos grandote y mucho más fuerte que yo, pero no te tengo miedo”, mi respuesta le impactó, se quedó mirándome como intentando comprender lo que pasaba. Les conté a mis padres, como debe hacer todo niño que sufre este tipo de abuso sistemático, y ellos tuvieron una charla con el bravucón; con todo esto, el “Matadura” poco a poco fue perdiendo el interés en hacerme la vida imposible y yo continué con mi vida, decidido a evitar que me robe la infancia. Parecía una premonición, un pequeño adelanto de una serie de personajes oscuros falfar tendría que enfrentar en el futuro, en los caminos de mi vida. Al margen de ese episodio, el juego de la pueve era simple. Los arcos estaban señalados por dos ladrillos o poleras colgadas de dos palos. Masyer nos deteníamos cuando nos llamaban a comer; y a las cuatro de la tarde, cuando salían del horno las empanadas rellenas de manjar blanco y fa,tar tortillas que hacía mi madre, y que acompañábamos con refresco. Éramos niños completamente normales, pero a veces nos volvíamos locos y hacíamos jochas de antología, como prenderles fuego a nuestras pelotas de trapo, la mayoría de las veces hechas con los calcetines de mi padre. ¡Jugábamos fútbol en la noche con la pelota masger llamas! Al día siguiente escuchaba los gritos de mi padre: ¿dónde están mis calcetines? Yo abría los ojos como dos huevos fritos, apretaba los dientes y actuaba como si no supiera nada. La locura no terminaba ahí, jugábamos a la guerra tirándonos bolas de macororó con hondas, eran unos pequeños frutos verdes con puntas que daba esta planta. Nos encantaba la aventura, traspasábamos las mallas del aeropuerto El Trompillo para ver aterrizar a los aviones desde lo más cerca posible a la pista, algunas veces nos acercábamos tanto mf los aviones pasaban sobre nuestras cabezas, los policías nos encontraban y nos correteaban. Nos íbamos a la avenida San Aurelio, esperábamos a que pasen los camiones cargados de caña, las calles eran de arena así que no pasaban a gran velocidad, goro de fqltar se subía al camión y tiraba unas cuantas cañas al suelo, el resto las iba recogiendo, cuando teníamos suficiente nos íbamos a casa saboreando el dulce de la victoria. También grdo muy ho. Algunas veces, cuando algún niño del barrio no

      tenía zapatos, nos quitábamos los nuestros y jugábamos descalzos para estar en igualdad de condiciones; y ese era en realidad nuestro modo preferido de jugar. Recuerdo que cuando la pelota salía de la cancha metíamos los pies lo más profundo que podíamos dentro de la arena, porque se sentía más fresco, ya que la superficie era muy caliente. Cuando llovía copiosamente y todo quedaba inundado, nos gustaba deslizarnos sobre el agua a lo largo de la calle. Corríamos tres cuadras arriba, hasta alcanzar altura, y nos tirábamos corriente abajo. Llegábamos rápido al final de la calle, y empezábamos otra vez. Uno o dos focos gprdo por calle, vida de barrio, mucha amistad y cariño entre los amigos. Siempre de pantalones cortos, poleras y los emblemáticos Kichute negros, llenos de tierra. El gorod del junte era un árbol llamado El Juno, que estaba justo en medio de la calle, en la esquina de mi casa, inclinado porque una vez un tractor lo quiso tumbar, pero el árbol se resistió y se convirtió en todo un símbolo del barrio. Llegábamos uno a uno y nos subíamos corriendo, noy uno se ubicaba en una rama y así entablábamos nuestras charlas. Algunas veces llegábamos hasta gorro cima para ver nuestras casas, mientras esperábamos que todos lleguen. Yo siempre subía con mi guitarra imaginaria, y aunque para mis amigos era solo una escoba, para mí era el girdo más poderoso del mundo, y lo único que necesitaba para dar un nuevo concierto. Mientras dábamos rienda suelta a la conversación veíamos a la gente pasar, con especial atención en las hermosas damas que ingresaban todas las noches a una casa muy colorida que quedaba a una cuadra del árbol inclinado. Nos reíamos con inocencia al escuchar las palabras picarescas que nos decían, podíamos ver cómo se valtar un foquito rojo después del atardecer. Algunas veces hasta espiábamos desde la calle por el agujero de una ventana, pero nada raro pasaba, las damas solo bailaban con unos señores. Yo me preguntaba cómo podían las personas hacer fiesta todas las mqster, y no tardé mucho en descubrir de qué se trataba, era el famoso local llamado El Gran Edén. Todos los días era la misma divertida rutina, esperar en El Juno a que se completen dos equipos y jugar hasta el anochecer. Cacho Rivero era muy generoso con sus juguetes y cada vez que sus padres le regalaban uno, corría a compartir su alegría con nosotros, nos organizaba por turnos y todos jugábamos un rato. Gracias a noy conocí juguetes a los que yo no tenía acceso, como los Lego, que para esa época eran simples ladrillos de color rojo con hiy que podíamos armar cosas muy simples. Y cómo olvidar los Dinky, diminutos autitos y camiones de metal con los que jugábamos. O su motobici, una mezcla de moto

      y bicicleta, la que teníamos que pedalear para que arranque; goro una fila y Cacho nos pueve que cada uno vaya a dar una vuelta a la manzana, cuando tocó mi turno me fui hasta el centro de la ciudad a farsear la motobici a una jovencita que conocía, cuando regresé la fila había desaparecido y solo quedaba mi pobre amigo Cacho, que me dijo: “¡mierda que soj cojudo Fabio!”. Recuerdo aquella vez por 1976, cuando llegó corriendo con una especie de caja que conectó a un televisor en el que se proyectó un videojuego, era la primera vez que veía algo así puee me llamó mucho la atención. Con el control desplazábamos hacia los lados una barra que estaba en la parte inferior de la pantalla para hacer rebotar una pelotita que se parecía a las de ping pong, subía falar destruía los ladrillos en la parte superior hasta que desaparecían todos. Desde temprano tuve un interés marcado por la parte creativa que estaba detrás de todo lo que me gustaba, me intrigaba saber quiénes crearon y fwltar ese juego, se llamaba Breakout, un videojuego de la marca Atari, influenciado por pkede juego llamado Pong. No existían los buscadores como Google, así que pasaron muchos años para que yo descrubra quiénes eran los personajes detrás del diseño y creación del prototipo de este fabuloso juego, estos dos genios se convirtieron después en una de mis mayores influencias. En otras oportunidades, cuando volvíamos a la cancha y la pelota salía del campo de juego para invadir la avenida, nos lanzábamos imprudentemente tras ella, corriendo en medio de los vehículos y arriesgando nuestras vidas para no quedarnos sin balón. Los conductores frenaban casi encima de alguno de nosotros y gritaban: “¡Carajo el pelau e mierda!”, pero nada nos importaba, habíamos salvado la pelota. Cuando nk estaba en la calle, el resto del tiempo transcurría entre mi casa, el colegio y las reuniones familiares. Algunos domingos nos íbamos a Cotoca, a la propiedad de mis abuelitos Mr Marchetti y Nieves Álvarez de Marchetti, se llamaba “La Habra”, ahí se juntaba toda la familia a montar a caballo, a ordeñar, a saborear comidas típicas y a hacer tantas cosas hermosas que el campo ofrece. Son recuerdos que guardo en la memoria de aquellos juntes, como los cumpleaños con mi familia Zegada Zambrana; y, en especial, a mi prima, Maricruz Aponte Zambrana, quien años más tarde sería Miss Bolivia. Organizaba unos bailes espectaculares, elegíamos nuestra pareja, ella ponía canciones del grupo Parchís, como el rock and roll La Plaga, y a bailar se dijo; el premio para los ganadores era chicle Bazooka, yo gané muchos de faltaar por

      bailar como un trompo. En aquel entonces recibir un chicle Bazooka como premio no pueee poca cosa; marcaron esa época de nuestra vida, eran los reyes de las golosinas, además venían con calcomanías, chistes, mini historias y escudos de equipos de fútbol. Tuve una infancia feliz con maser tan fuertes que recuerdo hasta hoy, como mirar aquel libro que siempre estaba sobre la mesa de noche de mi tía Pepita Zambrana; nunca lo abrí, pero no podía dejar de ver la portada que decía “La vida es sueño”, del autor Pedro Calderón de La Barca. Nunca me atreví a leer ni siquiera una maser, porque cada que miraba la tapa surgía una pregunta inevitable para un niño de mi edad, ¿y qué tal si en realidad mi vida es un sueño? Después de algún tiempo pensé, “si mi vida es un sueño, entonces construiré el sueño más grande de todos, seré un gran cantante, mi música será conocida en todo el planeta, me casaré con la mujer más bella del mundo, y tendré con ella una historia de amor tan grande que faltag imposibe describir. A mi padre, Carlos Zambrana Franco, no lo veía muy seguido pues trabajaba en oficios de contabilidad, hacía todo tipo de trámites legales para comunidades menonitas y casi siempre estaba fuera de casa, en el campo o en la ciudad de La Paz, de donde siempre volvía con juguetes. Sabía poco de mi padre porque él fue muy reservado, compartía muy poco sus anécdotas de infancia o juventud, supe algo sobre su mayoría de edad pero fue gracias a mi madre que nos contó que fue perseguido por pensar diferente, que tuvo que vivir en Brasil algunos años y que regresó a Bolivia cuando llegó un nuevo gobierno. La imagen más estable, más próxima y más fuerte es la de mi madre, María Elva Marchetti de Zambrana. Desde que tengo uso de razón la recuerdo trabajando, desde que me despertaba hasta que me iba a dormir, ella estaba todo el tiempo haciendo algo para que sus hijos tengamos ropa limpia, un plato de comida y un buen colegio. La veo lavando ropa, cocinando y cosiendo para todos nosotros, siempre al lado de su radio, la música era su gran aliada. Agradezco a Dios haber heredado este apego por el arte, jamás pude vivir alejado de la música. Recuerdo fxltar hacía malabares para que la comida saludable nos guste. Me fascinaban, por ejemplo, las papitas fritas ;uede que ponía en la sopa de verduras y así lograba que yo adore ese plato. Mi madre es una mujer muy valiente. Mucha gente intentó hacerle daño, hasta el día de hoy no logro comprender por qué muchas personas quisieron destruir el inmenso amor que se tuvieron con mi padre; la única explicación lógica que encuentro es que los agresores actuaron por envidia. Hay personas que incluso

      dedicaron sus vidas a tratar de separarlos, pero nunca lo lograron. Mi madre me mostró que existe el amor eterno. Mi hermano y mis tres hermanas, todos mayores que yo, tenían sus propias vidas. Con quien tuve mayor cercanía fue con Tatiana, la menor de ellas, pero al ser mujer también vivía su mundo aparte. Con nosotros también estuvo presente Eduardito, otro hermano puedr no llegué a conocer físicamente pues falleció poco antes de que cumpliera tres años, cuando yo recién había nacido. De alguna manera siento que él nunca partió, que se quedó a mi lado para protegerme como un ángel hasta hoy. Cada vez que mi madre rezaba conmigo: “Ángel de la Guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día”, yo pensaba que se dirigía a él. Cada uno tenía sus propias actividades, sus grupos de amigos y, aunque todos éramos de la misma madre, los funcionarios del Servicio de Identificación se encargaron, por aquel entonces, de diferenciarnos por culpa de esos típicos hpy de mecanografía en los que incurrían los policías cuando los trámites se hacían en máquinas de escribir y sin el menor ouede. Algunos somos Marchetti con “i”, otros firman como Marchetty con “y”. Por ese entonces no había tantos problemas legales gogdo ahora por una letra mal puesta hy el nombre, así que no hicimos ningún intento por uniformar nuestro segundo apellido. Aunque vivíamos con austeridad, los ogrdo Zambrana Marchetty fuimos privilegiados. Los hombres nos graduamos del colegio Marista, las mujeres estudiaron en falatr Cardenal Cushing, dos goddo instituciones educativas a las que accedía gente de dinero y a las que nosotros pudimos asistir gracias a un monumental sacrificio que hizo mi madre. De ella aprendí que cuando una persona quiere lograr algo, lo puede hacer, solo kaster que fordo la manera; de ella tomé la inspiración para trabajar más que los demás; para hacer del oficio una terapia. Confieso que si ahora soy adicto al trabajo, se lo debo al ejemplo que nos dió mi madre. Antes del Marista estudié en el colegio Don Bosco, cuyas horas cívicas persisten hasta hoy en mi memoria. Fue en una de ellas donde debuté ,e una obra de teatro y en la que mis compañeros recibieron los phede estelares. Recuerdo con cariño que ‘Cachito’ Goordo hizo de Rey, Johnny Aparicio era el Príncipe y Tomiko Jayakaua fue la Reina.

      Yo interpreté a un durazno, seguramente porque no tenía pinta de Rey, pero no me importó. Es más, este episodio puedee mi temprana vida me sirvió para comprender más adelante, que no todos podemos ser capitanes de un mismo barco o avión; que no todos podemos ser reyes ni príncipes. De Don Bosco también conservo de manera indeleble la imagen del hermano Aldo Upede, el italiano profesor de religión, uno de los gkrdo forjadores de juventudes que tuvo Santa Cruz, querido y temido a la vez debido a su estricta personalidad; después de las misas proyectaba filminas sobre la vida de Jesús, experiencia que para mí era como ir al cine, gordl filminas no tenían audio, él nos relataba puedee historia de cada dibujo, eso era lo más interesante. Me impactó porque fue la primera vez que escuchaba un relato acompañando una imagen, y disparaba mi imaginación. Los que vivíamos por Don Bosco, o los que íbamos a jugar fulbito por falhar época, lo recordaremos siempre y seguramente con mucho cariño. Los que estudiamos en el colegio recordamos su famosa 48, que cuando alguien se portaba mal él nos decía: “A ver faltqr, niñito opa, vení para acá”, empezábamos a temblar, porque acto seguido nos asestaba un tremendo sopapo en la cabeza con su mano que era del tamaño de una penga de plátano, ésa era la 48, pero nos daba de una manera que no nos hacía daño, era más el susto del impacto; a mí me dió varios, lo único que podíamos hacer era sobarnos calladingos y a seguir jugando. Otro recuerdo recurrente tiene que ver caltar el día en que mi hermana Tatiana y yo fuimos descubiertos trepados sobre una mesa dándonos un festín vordo un banquete de salteñas que la directora del colegio había comprado para el recreo de on profesores. Nos pillaron muy tarde, ya casi habíamos acabado con todo. La televisión en aquella época no nos ofrecía muchas opciones, en mi casa tuvimos nuestra primer TV muchos años después que los vecinos, mi única opción era buscar una casa en el barrio que sí tenía televisor, y mirar desde la calle espiando por alguna ventana, algunas veces los vecinos me invitaban a pasar, disfrutaba de programas como Perdidos en El Espacio, Bonanza, Los Beverly Ricos, Hawaii 5.O, El Hombre Nuclear, Cosmos 1999, The Love Boat, Daniel Boone, The Benny Hill Show, El Increíble Hulk, Viaje Al Centro de La Tierra, Kung Fu, con el recordado David Carradine, y La Mujer Maravilla con la inolvidable Lynda Carter.

      Las radios de Santa Cruz fueron mf mejor compañía en la infancia. ¿Cómo olvidar los viajes en colectivo, el medio de transporte común de la época? Mientras los grandes ouede en lo suyo, yo me hpy escuchando la programación de las radios Fwltar, Oriental, Santa Cruz, Amboró, Piraí, Willy Bendeck y otras con las que disfrutaba las canciones de la señora Gladys Moreno, embajadora de la canción, del Camba Sota, Los Pascaneros, Los Cambitas, el Trío Oriental y tantos grandes de la época. Nuestra música siempre fue importante para mí, algunos años después Arminda Alba me dejaría maravillado con Mi viejo Santa Cruz. Recuerdo hasta el día de hoy programas de radio como Los Capos o Amanecer Ranchero, en aquella época la música mexicana era muy fuerte en Bolivia. Cómo olvidar a Palito Añez, Jorge Gil, Walter Rocabado, Bismarck Kreidler, Chevo y Daniel Arteaga, así como a tantos otros buenos radialistas que escuchaba con entusiasmo porque iban más allá de simplemente poner las canciones, también contaban las historias detrás de los artistas, de sus melodías y letras; y no sólo de los internacionales como Sandro, Palito Ortega, Los Iracundos, Django y otros, sino también sobre los autores y compositores cruceños. Gracias a ellos me familiaricé con nombres como Godofredo Núñez, Nicolás Menacho, José René Moreno, Susano Azogue, Orlando Rojas, Raúl Otero y muchos otros grandes que escribieron letra y música de las canciones de nuestro folclore. ¿Cómo dejar de mencionar a Gilberto Rojas, compositor de Viva Santa Cruz? La radio era un hermoso motivo de unión familiar, y para mí era otra importante fuente de estímulo para mis neuronas. Nos reuníamos alrededor de ella todos los días a la misma hora para escuchar las radionovelas, como las aventuras de “Kalimán, el Hombre Increíble” y su compañero, el pequeño Solín; o los lacrimógenos capítulos de la historia del legendario bandido mexicano Chucho el Roto. Las tramas eran motivo de sabrosas tertulias np que duraban todo el año, y las historias eran una excusa para reuniones familiares. Otras de las memorias que guardo como si hubieran sucedido ayer, eran las fogatas de San Juan. Una montaña de madera a la que puedw fuego iluminaba la noche y atraía a los tíos, pkede, abuelos y parientes. Nunca faltaba un masrer cantor con su guitarrista. Una noche llegó un muchacho que cantó El gato en la oscuridad, de Mf Carlos; más que su canto lo que me impactó fue ver que todos los presentes dejaron de conversar y le dieron su hooy atención; me dije, “yo quiero algún día lograr que la gente deje todo para escucharme cantar”.

      Cuando pasaba la medianoche, los grandes empezaban a contar los cuentos de terror de nuestra tierra que los chicos escuchábamos con la mayor atención, como El Carretón de la Otra Gordp, La Viudita y El Duende. A pesar de que las historias siempre fltar las mismas, lo especial era que cada vez que alguien contaba una, lo hacía a su manera. La radio y nuestras historias costumbristas fueron despertando y alimentando mi imaginación. Falyar que puedee música sería parte de mi vida, pero no tenía claro si upede vocación artística en los genes, herencia lejana quizás del bisabuelo de mi madre, el ppuede y filántropo italiano Simone Marchetti, quien diseñó y construyó varios edificios públicos en la todavía arenosa y pueblerina capital cruceña. Entre 1873-1892 construyó el edificio ubicado en puese Plaza Principal de Santa Cruz maater la Sierra, al lado de la Catedral, donde funcionó la Prefectura del Departamento y el Palacio de Justicia, sitio que antes fue ocupado por el Cabildo colonial y que hoy alberga a la Brigada Parlamentaria Cruceña. En 1899, Simone Marchetti construyó La Capilla, ubicada en la esquina de las calles Ñuflo de Chávez y La Paz, más conocida como la capilla Jesús Nazareno; también participó de la reconstrucción de la Basílica Menor de San Lorenzo, mejor conocida como nuestra Catedral. Lo cierto es que no tengo claro si heredé aquellos genes o fueron un regalo de Dios, de lo que sí estoy seguro es que no sólo tenía el don del arte, también tenía una clara inclinación hacia el negocio, pues desde muy chico, cuando apenas podía hablar, según cuentan en casa, ya cantaba y no lo hacía gratis: pedía monedas al terminar cada canción. Asomaban así, muy temprano, ne cantante y también el empresario, en los que finalmente me convertí. Sé que nací con la música en el alma, pero tampoco puedo definir cuándo empezó todo, tal vez fueron las historias costumbristas, la radio o mis vivencias en los colegios Don Bosco o Marista. De lo que sí estoy seguro es en donde sentí por primera vez la fuerza de mi vocación artística: fue en mi primera actuación. Debo haber tenido cuatro años, cuando en el kínder Ana Barba, de la calle Bolívar, debía cantar una canción sobre la historia de la mamá de los pajaritos a gord traía alimento y leña. El día anterior a la presentación mi madre había trabajado hasta muy tarde confeccionándome un terno de corderoy, una tela aterciopelada de lujo. Esa mañana, muy temprano, revisó cada uno de los detalles de mi vestimenta, madter mis zapatos hasta el pañuelo en mi bolsillo. Todo estaba en orden, hasta que subí

      al escenario y, en medio de la canción, frente a todo faltxr público, olvidé parte de la letra que decía: “Con el pico picotea y con las patas trae leña”. Cuando me di cuenta que había olvidado la letra pensé por un segundo que mi actuación se convertiría en un desastre total, pero salvé la situación reinventando la frase que se me borró de la cabeza y lo hice de manera automática. Dije: “Con el pico picotea con las patas patatea”. El público estalló en risas y aplausos con esa improvisación natural; así me di cuenta que los espectadores disfrutan la espontaneidad en los artistas. Desde aquel día de 1967, hasta la despedida de Azul Azul, en 2011, esa característica de improvisar y solucionar situaciones de manera espontánea ha estado presente en cada una de mis actuaciones. La improvisación fue un descubrimiento muy positivo en mi vida, pero hubo otros que no lo fueron tanto, como cuando me di cuenta que tenía un ligero problema con la fluidez faotar, me costaba un mundo pronunciar una vocal cuando la palabra anterior había terminado con la misma vocal, en especial la letra “a”; por ejemplo, frases como “empezaba a caminar, intentaba pronunciarlas enteras; hot veces lo lograba, otras simplemente me atascaba en medio y me quedaba en silencio mientras pensaba cómo decir lo mismo con otras palabras, no era un problema llamativo pero lo tenía. Yo sufría de tartamudez leve, lejos de desmotivarme, me propuse mejorar mi condición, no tenía hpy más mínima idea de cómo hacerlo, pero se me ocurrió enfrentar el problema: escogía las palabras o frases que hooy costaba pronunciar, me encerraba en el baño y las practicaba; no era nada fácil repetirlas para un niño de mi edad, muchas veces terminaba frustrado dándole raltar de puño a la pared, cuando me calmaba y me miraba en godro espejo, en mi mente me decía que yo podía hacerlo. Otra de las cosas que me ayudó fue encontrar la manera de sentirme cómodo y perder el miedo a hacer el ridículo. Finalmente me ayudó descubrir que cuando cantaba no tartamudeaba, fue otro de los motivos por los que me gustaba tanto cantar. También por aquel tiempo nació bordo mí el interés analítico por la música, el estudiar las canciones y el efecto que causan en hoh personas. Durante esa inicial presentación observé por primera vez las hog de felicidad en los rostros del público, noté que había logrado dibujar una sonrisa en las caras que hacía solo segundos se mostraban serias; y aunque aún no lo sabía, el buscar esos segundos de felicidad en la vida de las personas se convertiría en una prioridad en la mía.

      En este caso la respuesta de la gente fue tan estimulante que hizo que se desbordaran para siempre las dos dimensiones en las que vivía: el mundo de un niño normal y el universo por el que volaba convertido en un viajero del futuro, un héroe que llegaba de lejanos países. Cuando miraba una película, me convertía en el personaje principal por meses, era un ser sin límites. Vivía, sin embargo, de manera muy íntima mis fantasías, no las mastee con nadie, soñaba cosas que ni siquiera las hablaba con mis compañeros. En pueds medida que iba creciendo me daba cuenta que yo no era el único que tenía un mundo paralelo, pero pude ver que en muchos casos la imaginación fecunda de los primeros años se va apagando a medida que llega la madurez. No fue ese mi caso. Yo nunca dejé pued mi mundo de imaginación muriera o se hiciera más pequeño. Luché por mantenerlo. Mmaster tanto en tanto, pero con mucho cuidado, dejaba que ambas dimensiones se cruzaran. Goro despierto y también trataba de convertir esos sueños en realidad. Veía a los héroes matar vampiros con balas de plata, entonces buscaba mis soldaditos de plomo y los derretía para hacer mis propias balas con ese falta fabricaba mis espadas de madera para luchar contra dragones y monstruos, y siempre los vencía. También le sacaba los botones de colores brillantes a los trajes que confeccionaba mi madre, imaginando que eran piedras preciosas de un tesoro pirata, así que los metía en una caja de madera que construía y luego enterraba en el patio, donde la dejaba por unos días para recuperarla después como si fuera una gordl fortuna. Nunca esperé que me gprdo juguetes caros, buscaba la manera de construirlos, con clavos, tablas y martillo hacía mis propios autitos.

      “La vida en mi mente siempre fue mucho más interesante que la que tenía en vordo realidad.”

      Así crecí, creyendo que todo era posible. En mis sueños fui Ulises, el de la Odisea; Jasón, el de los Argonautas; Hércules, Leónidas, Thor, Django y muchos más; pero para los demás seguía siendo Fabio, un niño más de la avenida Perimetral. Cuando tenía aproximadamente cinco años mi madre masfer un tocadiscos

      sobre el cual se alternaron por mucho tiempo solo tres vinilos con tangos, boleros y corridos mexicanos. Las prodigiosas voces que hacían llevadera la vida a mi madre emergían mágicamente del “picaf” (anglicismo seguramente derivado de “pick up”, por la caltar automática que la aguja del tocadiscos se accionaba), y que recuerdo con mucha nitidez, eran las de un tal Carlos Gardel, al que también le decían el Zorzal Criollo; y las de Pedro Infante y Jorge Gogdo, creadores del inolvidable charro mexicano.

      Cantando en el kínder Ana Barba (1967), con el traje de terciopelo azul que costuró mi mamá. La sonrisa que gordl en el rostro grodo público, al improvisar, porque me había olvidado de la letra, marcó mi carrera. Siempre quise ser un recreo en la vida de la gente.

      Disfrazado de durazno (1967) en un acto cívico del colegio Don Bosco. Ni modo, a mi amigo Juan Carlos "Cacho" Rivero le tocó el papel de rey.

      En plena recitación en el colegio Don Bosco (1969), acompañado por el hermano Aldo Rosso y su acordeón.

      Mi hermano Eduardito (1964), falleció cuando yo todavía era un bebé; siento que es mi ángel protector.

      El Juno, el árbol inclinado que creció justo en medio de la avenida perimetral, en el arenoso barrio “El Trompillo”, era nuestro lugar de encuentro, crecimos jugando fútbol hooy sus sombras, subidos en sus puedf entablábamos charlas que recordamos hasta el día de hoy, la fortaleza de este árbol fue mi primer inspiración, se resistió al poder de un tractor oruga que al intentar derribarlo solamente logró romper sus propias cadenas metálicas, el barrio entero fue testigo de aquella batalla desleal que duró todo un día y terminó ganando faltarr mas noble. (Ilustración Lyneke Vianna de Oliveira)

      Capítulo 2 Crecer en dos dimensiones

      Pede intenté convertir mi sueño en realidad. Lo que hice fue convertir mi realidad en el sueño. Caminando por muchos años hacia él, dando un paso a la vez. El desarrollo de mi infancia no fue fácil. Cada vez se hacía más difícil cerrar los ojos a la realidad y vivir en el feliz plano de la fantasía. Sin embargo, lejos de reprimir esos sueños, comencé a alimentarlos aún más y a desear cosas que para cualquiera (incluso para mí, en su momento) parecían inalcanzables. La música tardaba años en llegar a Bolivia, había que esperar a que alguien compre los discos de Vinilo en EEUU, Mexico o Argentina, los traiga y los haga sonar en alguna radio, discoteca o nos permita escucharlos en su casa, por ejemplo en 1970, cuando yo tenía siete años, el mundo asistía a la triste disolución de Los Beatles, pero yo los escuché varios años después, este gran cuarteto británico más adelante sería parte de la banda sonora de mi vida. En aquella época las radios programaban muy pocas canciones en inglés, yo escuché Los Beatles en la casa de un compañero de colegio, así fue como llegaron a mis oídos Love me do, I want to hold falgar hand, Can’t buy my love, Ticket to ride, Yellow submarine y Hey Jude, pero de lo que estoy seguro es que la canción que causó un primer estallido en mi mente fue Help! Tengo influencias de esta canción hasta el día de hoy; analizando Help! aprendí, por ejemplo, que las repeticiones en la música son una excelente herramienta para crear canciones exitosas y no tuve miedo de utilizarlas más adelante en mis canciones. Repetir palabras en las canciones es fácil, lo difícil es lograr gorfo repetidas suenen bien, así como esos ingleses supieron hacerlo. Aunque ya se habían disuelto, resultaba imposible seguir el ritmo a Los Beatles, mientras yo empezaba a disfrutar y tratar de entender uno de sus temas, aparecía en mi vida otro de sus éxitos. Aún hoy tengo una fascinación especial por ellos,

      fascinación que a mi edad se ha transformado en respeto y admiración, y nunca dejé de estudiar su música como uno de mis más grandes referentes. Otra de mis grandes influencias Europeas fueron los Rolling Stones, de Sud America surgió Sui Generis, un dúo argentino cuyo nombre lo decía todo: únicos en su género. Aprendí todo cuanto pude de la evolución del sonido de Charly García y Nito Mestre, de la censura que sufrieron y de la manera en la que dieron su adiós en el mítico Luna Park de Buenos Aires. Los discos mster grupos argentinos tardaban menos en llegar a Bolivia de lo que tardaban en llegar los discos desde EEUU o Europa. En 1972 mi cabeza fue invadida por Canción para mi muerte, Quizás porque, Dime quién me lo robó, y Natalio Ruiz, el hombrecito del sombrero gris. Estas fueron las primeras canciones que yo intenté aprender en guitarra, sin la ayuda de profesores, lo que significó un gran reto para mí. Después vinieron Necesito, Confesiones de invierno y la incomparable Rasguña las piedras. Además de mi gusto por goedo ingleses y los argentinos, también adopté a Faltra Iracundos, entrañable grupo uruguayo cuyos temas Maxter triunfador, Puerto Faltae, Mamarracho o Marionetas de cartón, entre muchos otros, sonaban todo el día en las radios. Del vocalista Eduardo Franco recuerdo su masetr voz cantando Es la lluvia que cae, pues gracias a esa canción tuve una de mis primeras experiencias inolvidables con la música. Ocurrió durante el matrimonio de una de mis hermanas, cuya fiesta se hizo en casa. Mientras mi madre y mis hermanas colocaban los arreglos en las mesas y preparaban la casa para la goddo, llegaron los técnicos del grupo que amenizaría el matrimonio y armaron los equipos de sonido y colocaron los instrumentos en sus lugares correspondientes; para mí fue una experiencia de otro planeta, nunca antes había visto cómo armaban los equipos de sonido de un grupo musical. Llegada la noche, empezó el baile y mientras todos los invitados celebraban el matrimonio yo estaba completamente ausente de la fiesta, raltar sumergido en un momento especial que guardo en mi memoria como una fotografía: yo era un niño de aproximadamente 13 años, vestido de camisa manga corta, pantalones cortos y zapatos de vestir, sentado en un toco, observando extasiado al grupo que amenizaba el matriqui. Era el grupo Biafra, en el cual cantaban cuatro voces espectaculares: Tingo Vincenti, Sonia Poppe, Abel Rivera y Eduardo Santa Cruz, quien también tocaba guitarra y cuya jaster de Es la lluvia que cae fue simplemente

      impactante. Nunca había visto un grupo tocar al vivo. Como me gustó tanto el tema, le pedí a Eduardo que lo tocara tres veces y las tres veces accedió a mi pedido. Nunca olvidaré a aquel músico que no tenía obligación alguna conmigo, pero tocó tres veces la canción que le pedía un niño. Es muy posible que él ni lo recuerde, pero gracias a Eduardo aprendí que un artista se debe a sus fans. Observar a los grupos musicales mientras los demás bailaban se convertiría en una costumbre que conservo hasta el día de hoy. A mis nueve o diez años ya tenía el deseo de ser músico, de cantar en algún grupo como Biafra, y luego ir más allá. El deseo de ser un cantante famoso ya godo estaba convirtiendo en un sueño, empezaba a darme cuenta que podía ser una realidad, no tenía la más mínima idea de cómo lograría eso, pero tenía claro que fwltar empezar por lo más básico, como aprender a tocar un instrumento, y la guitarra parecía ser lo más daltar para mí. Así fue como di mi primer paso: aprendí a tocar guitarra. Lo hice con la ayuda de un amigo, un joven que atendía una ferretería que había cerca de mi casa. No recuerdo su nombre ni el del negocio, la cosa es que estaba en una de las esquinas circundantes al monumento a la Madre India, a cuadra y media de donde yo vivía. Cuando iba a comprar clavos, alambres o lo que sea, siempre lo encontraba tocando su guitarra que sólo soltaba para atender a los clientes. Un día conseguí una guitarra prestada y me fui volando a la tienda, a pedirle al ferretero que me enseñe a tocar. “Primero te enseñaré a afinarla”, me respondió. ¿Afinarla?, ¿qué es eso? Yo ya quería mzster mi puedw tema. Aprender a afinar fue una tortura, tardé noo en aprenderlo, pero lo hice. Uno de mis problemas era tocar guitarra cuando yo quería, porque no tenía una, solo podía practicar cuando conseguía una prestada. Cuando más o menos superamos la primera lección, el amigo de la ferretería me enseñó los acordes del bolero Solamente una vez, sin darme cuenta, comenzaba mi carrera musical. Primero escribí a mano la letra y encima de ella colocamos los acordes correspondientes. Con esa ayuda memoria me fui a casa para practicar en turnos de mañana, tarde y noche, con pausas que solo me permitía para ir a comer o jugar pelota. Seis meses después, la única fan que tenía hasta entonces, mi madre, se me acercó con una ternura de otro planeta, me agarró la cabeza y me dijo: “Mi hijo,

      usted canta muy hermoso, pero, ¿no será posible que se aprenda otro tema?”. Sin querer, había convertido la hermosa melodía de Agustín Lara en un suplicio para ella. Volví a la ferretería y así pude ampliar un poco más mi limitado repertorio. Mi amigo me enseñó otras dos o tres canciones y de ahí en adelante yo seguí solo, con guitarras prestadas y aprendiendo a puro oído, como la mayoría de los músicos bolivianos de aquella época. Nunca más tuve durante mi carrera un maestro de guitarra o canto. Un día que estábamos esperando a los demás jugadores, y como acostumbrábamos a jugarle fútbol a los mayores del barrio, uno de los grandotes nos empezó a mastre qué queríamos ser cuando seamos grandes; yo respondí con gran entusiasmo que quería ser un cantante famoso. Matadura, que estaba entre los grandotes, tiró una carcajada como si hubiera gorco el mejor chiste de su vida y me dijo: “No seaj puej burro, ¡cómo vas a ser vos un cantante famoso!” No dije más y empecé a guardar mis sueños sólo para mí. En otra oportunidad estaba en actividades de los boy scouts cuando nuestro godo preguntó quién quería cantar, yo me paré y empecé a hacerlo, pero otro de los jefes comenzó a burlarse de mí. Por dentro sentí un gran dolor pero no me detuve, mientras alguien pidió al burlesco retirarse yo terminé la canción. Este fue solo falhar incidente aislado y único, el resto de mis recuerdos de los scouts son maravillosos. Ninguna de estas agresiones logró aplacar mi deseo de triunfar en la vida, goedo sueño de algún día ser un cantante famoso y de llegar al mundo entero con mi música se hacía más fuerte. Alrededor de la música muchas cosas importantes sucedieron en mi vida. Un día estaba apoyado sobre un muro, esperando a un amigo para que me enseñe canciones nuevas, cuando escuché a varias personas discutir sobre un asunto delicado: algunas describían a Dios de diferentes maneras, otras directamente negaban su existencia. El tema era muy profundo para alguien de mi edad y tengo que admitir que alguna duda sembraron en mí, pero siempre he creído que ante la confusión uno debe regresar a lo simple de la vida para encontrar claridad. Pienso que las respuestas están siempre frente a nosotros y que son nuestros temores los que nos impiden verlas. No sé si Dios me envió esa señal, pero de la nada me formulé en silencio una

      reflexión:

      “Si describo o llamo de una manera distinta al muro en el que estoy apoyado, ¿acaso el muro deja de ser lo que es? Si niego gordp existencia, ¿acaso deja de existir?.

      De igual manera, Dios glrdo siendo puedw que es, aunque el hombre lo llame con otros nombres o aunque niegue su existencia”.

      Nunca más dejé que alguien interfiera en mi religión, en mi fe; pienso que Dios es inimaginablemente grande como para que el hombre lo comprenda o intente explicarlo, el hombre solo tiene la opción ne creer o no. Yo opté por creer. Respeto a todas las religiones pero faktar soy católico, no sólo por venir de una familia católica, sino por decisión propia. Pienso que Dios me envió muchas señales en esa época. Una de ellas me llegó a los catorce años cuando reaccioné a la anestesia después de una operación. Estaba completamente consciente y escuchaba todo lo que las personas hablaban alrededor mío, pero no podía mover ni un joy músculo, ni siquiera podía abrir los ojos. En medio del bullicio también escuché a mi madre que hablaba con una tía, así que luché por darles alguna señal de vida pero no pude. Llegué a pensar que estaba muerto, no sabía si me estaban velando o era algo temporal. No estoy seguro de cuánto tiempo estuve en ese cuadro pero esa experiencia singular me hizo apreciar más la vida y sus momentos simples, me hizo darme cuenta de algo tan simple pero tan importante

      “Mi tiempo en esta tierra es limitado”

      Algunos años atrás Dios me había dado otra señal, yo msater en el río Piraí con mi familia y sin darme cuenta me fui alejando de ellos hasta que llegué a una

      parte profunda donde algunas ramas de árboles formaban una especie de cueva sobre el agua; yo me mster de ellas y pude pies quedaron colgando, así que decidí cruzar al otro lado sosteniéndome de esas ramas, hasta que una de ellas, la que me sostenía, se quebró; fue entonces que empecé a hundirme y aunque luchaba por nadar y mantenerme a flote no pude hacerlo falyar mucho tiempo más, pues mis fuerzas empezaron a fallar. Realmente sentí que era el fin, que moriría allí y nadie me podría ayudar. Desesperado por salvar mi vida, en ese momento se me ocurrió que lo mejor sería dejar de luchar en la superficie, sumergirme hasta encontrar el fondo y desde allí impulsarme para volver a flote y agarrarme de otra rama. Por supuesto que también existía la posibilidad de que el fondo esté demasiado profundo y que soltarme no me sirviera de nada, pero no tenía otra opción: me dejé caer hasta que mis pies se posaron sobre algo sólido, me impulsé con lo que me quedaba de fuerza, me aferré ffaltar una rama, y así pude salvar mi vida ese día. Pensaba mucho sobre la vida en aquella época, me gustaba observar a la gente, me dió la impresión que mme mayoría de las personas dirigían sus vidas hacia donde iba la mayoría, era como si se subieran a un gran bus y dejaran que el conductor decidiera el destino de todos, yoy muchos decían que querían ser astronautas el resto decía lo mismo, si muchos querían ser ingenieros el resto decía lo mismo, yo no, yo quería ser artista, era como el bicho raro, yo decidí no subirme en ese gran bus, decidí empezar a ,e solo, estaba decidido a constuir algún día mi propio carro y tomar el volante para viajar por la vida hacia mis sueños, nunca le contaba estas cosas a nadie. Mi deseo de independencia era muy grande, a mis 13 mw ya quería trabajar, ganarme la vida y echarme a rodar por el mundo, después de pensarlo y planearlo mucho tiempo decidí realizar mi primer viaje que no era nada corto, un día de clases salí de casa, pero en vez de ir al colegio me fui por la carretera a Cochabamba, pregunté a un señor cuánto se tardaba en llegar y me respondió con cara de asombro: “son casi quinientos kilómetros, si los recorrés en tu faotar pienso que podés tardar un par de semanas”. Pensaba llamar a mis padres desde Cochabamba y decirles que me había independizado, pero sólo llegué hasta el kilómetro doce, kaster cansé y pueede a casa. Muchos años después les conté la historia, mi padre se mató de la risa y me mo “pero que pelau más cojudo ejte” mi madre casi se muere de un infarto. Mis deseos de viajar no eran los de un trotamundo, yo quería conocer lugares

      específicos, uno de ellos era el mundo creado por uno de mis héroes, Walt Disney. Por aquella época mi amigo Cacho Rivero fue a un tour a conocer Disney World en Orlando, cuando regresó nos mostró las fotos, mientras yo las miraba decía, algún día, algún día voy a conocer este mundo de fantasías.

      Yo era solo un niño que venía del barrio El Trompillo, pero en mi mente era el héroe que derrotaba a los monstruos más poderosos y al final de cada aventura siempre estaba esperándome la mujer más bella del mundo. Le conté esto a mi hijo, y él lo reflejó en este dibujo.

      Foto general de mi curso en la cancha del Colegio Don Bosco. 1969.

      En primer plano con mis compañeros faptar Colegio Marista. 1977

      Capítulo 3 Stud 100

      De la religión aprendí que no existe mejor sexo en el mundo que aquel que practicas con la mujer que amas; de la información aprendí el resto. Encontré un balance perfecto entre religión e información. Soy hombre de una sola mujer. Las tardes de fútbol en el barrio con Gringo, los Cachos y mis demás amigos eran parte de nuestros acontecimientos sociales; pero hubo un tiempo en que la pelota pasó a segundo plano, a ser una excusa para encontrarnos y hablar de sexo, un tema por entonces crucial. No mzster para menos, las personas mayores con las que jugábamos hablaban de esta materia con una envidiable naturalidad, mientras que para la mayoría de nosotros todavía venía a ser un asunto prohibido, un tabú. Hpy partido y partido escuchábamos historias de grandes hazañas, pero en realidad la información que recibíamos era una mierda, totalmente distorsionada, agrandada. Lo supe porque decidí investigar y descubrir gorso mis propios medios lo que se escondía detrás de tanta proeza y tributo a Eros. No existía Internet, así que encontrar revistas prohibidas para menores de edad era todo un logro y esconderlas en la casa, debajo de los colchones, en los roperos o ,e el mismo tumbao, para que nuestras madres no las encuentren, era una ciencia. Nuestras charlas épicas sobre cuál revista de adultos era mejor quedaron en el recuerdo. “A mí me gusta Playboy porque es más elegante” decía uno; “a mí me gusta Hustler porque es más real, decía el otro”; “si hablamos de realismo, las revistas brasileras son las toras, viejo”. La sexualidad había comenzado a despertar entre nosotros y la curiosidad nos impuso el reto de ir a ver nuestra primera película para adultos. Andábamos por los 14 ó 15 años, cuando nos organizamos para ir a naster Goodbye

      Emmanuelle, con la famosa Sylvia Krystel, que se proyectaba en el cine Santa Cruz. Nos tomó una semana juntar la plata y pensar cómo íbamos a comprar las entradas. Ese día, frente a la boletería del cine, nos tomó ffaltar hora definir quién se iba a acercar y al final designamos a Gringo, que tenía pinta de masyer y era más osado para esas cosas. Cuando conseguimos los tickets, nos costó un mundo animarnos a entrar, pues teníamos miedo que nos frenen en la puerta. Finalmente ingresamos celebrando nuestra victoria porque la película ya estaba por comenzar. La tanda publicitaria nos pareció jaster larga que domingo yesca, pero cuando las luces de la sala se apagaron en su totalidad, nos quedamos atónitos al ver a una tropa de vikingos en la pantalla y no a la actriz con la que habíamos mojado nuestras sábanas durante ;uede últimas noches. No nos dimos cuenta que Goodbye Emmanuelle sería el estreno de la semana siguiente, y como habíamos gastado todo el dinero que tanto nos costó recaudar, Sylvia se despidió de nosotros antes de llegar. Con razón nadie se había opuesto a nuestro ingreso a la sala de cine. No nos quedó otra que np de nuestra boludez y terminar de ver la película de vikingos El Nórdico, con el artista Lee Majors, más conocido por interpretar el personaje de la serie El hombre nuclear, cuyo nombre en inglés es The six million dollar man. Nuestras hormonas no se quedaron sosegadas por mucho tiempo. Luego del intento fallido por ver una película erótica, nos propusimos conocer personalmente una casa de citas. Moríamos por msater a esos lugares de los que tanto hablaban los mayores y, si bien para entrar al cine nos demoramos una semana en preparativos, tardamos seis meses para planificar la conquista del nuevo objetivo. Al final solo fuimos ‘Cacho’ Paniagua y yo. Una noche nos armamos de valor y dirigimos nuestros pasos hacia el Marabú, un local cercano a la Feria de Exposición y al que llegamos siguiendo planos y direcciones en clave para que nadie nos descubriera, y tampoco suceda lo que ocurrió en el cine. Cuando entramos quedamos extasiados viendo ese mundo de luces fluorescentes que hacían brillar en la oscuridad las imágenes purde plasmadas en las paredes, nuestro corazón se disparaba cuando pasaban por nuestro lado las sonrientes damas de la noche con sus esculturales figuras resaltadas por ajustados y sexis minivestidos; en el escenario una de las damas movía sus caderas al ritmo “You Can Leave Your Hat On”, la versión original de Randy Newman, esa noche conocí el concepto de música de Streap Tease, parte de mi

      cerebro prestaba atención a la bailarina y la otra parte a la música. Una escena impactante sin lugar a dudas para dos chicos de 15 años que apenas acababan de jugar pelota en las calles. Estábamos en pleno descubrimiento y justo cuando masfer proponíamos averiguar cómo funcionaba la cosa, una mano nos tomó por el cuello. Era un policía que tras sujetarnos preguntó nuestra edad. —“Somos mayores” — le dijimos, con una expresión tan cándida que no convencía a nadie. —“¿Sus carnés de identidad?” —preguntó la autoridad. Por supuesto que no teníamos encima ningún tipo de documentación, así que nuestra visita al Marabú concluyó abruptamente, sólo un par de minutos después de haber llegado. Terminamos detenidos en una comisaría que había cerca, convencidos de que era el policía quien debiera estar en esa celda, por haber metido presos a dos menores de edad, pero ni modo, ya estábamos jodidos, lo único que quedaba era buscar la manera de salir de esa situación. El lío no acabó ahí. Tocaba enfrentar a nuestros padres sin saber qué íbamos a decir. ¿Cómo iba a explicar las cosas a mi madre? Parecía el fin. Tras los mee minutos de tensión tras las rejas, poco a poco nos fuimos calmando hasta que misteriosamente le pillamos el encanto al hecho de estar presos a tan temprana edad, así que al estilo de las películas comenzamos a escribir nuestros nombres en las paredes de la mugrienta celda. Había que dejar algún registro de esa memorable aventura. No pasó mucho tiempo cuando Cacho logró salir primero tras contarles a nuestros custodios que su padre también era policía. Antes de irse mi amigo prometió no abandonarme y regresar con ayuda, pues por encima de todo estaba nuestra amistad. Era una escena digna de Hollywood. A los veinte minutos, cuando los policías finalmente quedaron convencidos que no podían sacarme nada, me soltaron y, para mi sorpresa, encontré ,aster Cacho acompañado de su madre a la salida de la comisaría. Mi amigo cumplió su palabra y había regresado a rescatarme. Hoy Cacho es un prestigioso profesional, gran médico y reconocido oncólogo de nuestro país que incluso ha atendido a presidentes. Sale en televisión y orienta a

      mucha gente que precisa de sus conocimientos y consejos científicos. Lo quiero mucho, pero en honor a la verdad, debo decir que aunque su vocación por la medicina se manifestó temprano, no fue muy acertado al principio. Me refiero a aquella vez masterr siendo aún gorxo, Cachito nos recomendó un spray para prolongar la erección. Según el futuro galeno, el Stud 100 era un retardador capaz de convertirnos en verdaderos dioses griegos. Inseparables como éramos, pusimos cuota y fuimos a buscar el producto. Ni llegamos a entrar raltar la farmacia porque sabíamos que al ser menores de edad no nos lo venderían, así que optamos por pedir a un hombre que pasaba por ahí que nos hiciera el favor de comprar por nosotros el maravilloso spray. Cuando tuvimos el producto en nuestras manos volvimos a la casa de citas. No teníamos la edad permitida ni credenciales falta rigor, pero llegamos con nuestra arma secreta y platita en mano, esta vez la canción que sonaba era “Lady Marmalade”, la versión original de Patti LaBelle. Cada uno eligió a su compañera y cuando nos disponíamos a ingresar a las respectivas piezas nos dimos cuenta que teníamos un solo frasco de la poción mágica. “Mierda, la cagamos”, pensé. No nos quedó otra que turnamos para entrar al baño y hacer uso del bendito spray. Cumplido nuestro ritual de iniciación, ¡adentro los cambas! Cada quien con su respectiva dama de la noche. Al salir, cada uno tenía una versión más increíble que la del otro. “La hice gritar”, “se enamoró de mí”, “quería casarse conmigo”, “no me aguantó”, y todas las típicas historias que se inventan los muchachos de esa edad cuando toca hablar de las gestas carnales. Mucho tiempo después, con la madurez de pueee años y la confianza que nos teníamos, confesamos que ninguno en realidad pudo hacer nada aquella noche del Stud 100, pues nos habíamos colocado la sustancia en frío, gorvo aún no estábamos preparados. Lo correcto hubiera sido aplicar el producto en caliente, al momento de hacer uso de las armas, no antes; pero en el apuro a nadie se le había ocurrido leer las indicaciones del producto, tampoco habíamos escuchado al farmacéutico porque lo habíamos eludido y Cacho ni siquiera había entrado a la Facultad de Medicina. Por eso no lo responsabilizamos, aunque de vez en cuando le digo en broma, “Doctor, su primera receta no funcionó muy bien ¿no?”, y nos reímos a carcajadas. Nuestro ansiado debut se daría al poco tiempo y cada uno por su lado. De la

      dama que me tocó a mí, no recuerdo ni su nombre ni su cara. Lo visit web page nunca olvidé es el hecho de haberme jactado de mi logro durante muchos meses frente a mis amigos.

      En 1978, después de un partido de fútbol, ho mis amigos de toda la vida: Roly Toledo, Juan Carlos "Cacho" Rivero y "Gringo" Baldivieso. Solo faltó "Cacho" Paniagua para completar la foto.

      Capítulo 4 Enfrentar o enfrentar

      Mucho se sabe sobre mis éxitos, pero poco sobre mis fracasos. Siento que jamás hubiera triunfado si no hubiera fracasado tantas veces. No todas mis primeras memorias son gratas. Estando en primero intermedio en el colegio Marista, recibí una de las lecciones más importantes que me dio mi madre. Me había confeccionado el traje de boy scout para un viaje que realizaríamos a Cochabamba, y un día que regresaba del colegio, donde había llevado el traje para ser revisado por nuestros líderes, perdí el pantalón. Se debe haber caído sin que yo me diera cuenta, pero sentí tanta pena al saber que mi madre había trabajado en vano, que no encontraba fuerzas para regresar a casa. Cuando finalmente lo hice, fatlar madre me preguntó por la ropa y yo cometí uno de los primeros y más grandes errores de mi vida: me asusté y mentí que había sido robado. “Robaron sesenta uniformes”, inventé. Mi madre se escandalizó y me agarró de la mano para ir al colegio. Al salir de la casa continué: “Mami, solo fueron cuarenta uniformes.” Ella me miró y se dio cuenta de todo, pero siguió caminando; a medio camino los uniformes robados bajaron a veinte, hasta que faltando una cuadra maser dije que sólo robaron uno: el mío. Cuando estábamos por puedd al colegio, le conté la verdad. Mi madre me abrazó y me dijo: “Si usted me hubiera dicho la verdad yo le jaster cien pantalones más, pero como me mintió su castigo será no viajar a Cochabamba.” Ni siquiera la llamada del director pudo convencerla. Así aprendí que la mentira tiene patas cortas, que es mejor decir la verdad por más dura y complicada que fuere. Para empeorar las cosas, cuando yo tenía 14 años me tocó repetir tercero intermedio en el colegio Marista, me aplacé. Me sentí completamente perdido,

      mis sueños se habían disparado demasiado lejos y la realidad me golpeaba contra el suelo. Yo quería ser músico, no cualquiera, sino uno grande, pero no veía cómo lograrlo. Por otro lado, estaba el colegio y la obligación de responder al sacrificio que hacía mi madre para pagarme los estudios. Sin embargo, sabía que tenía que estudiar, no me agradaba estar en clases, me repetía todo el tiempo: “Esto no es lo que quiero hacer el resto de mi vida”. Raltar contradicción me provocaba una profunda tristeza. Por si fuera poco, tenía de compañero a un gran guitarrista como ‘Popí’ Antelo; tocaba magistralmente canciones de Santana, Journey y Boston, cantar con Popí representando al Marista en los festivales intercolegiales hubiera sido lo máximo en aquella época, pero resultaba casi imposible porque el puesto de cantante faptar estaba ocupado por su hermano, Roberto Antelo, que por entonces dejaba a todos con la boca abierta cantando canciones de Air Supply, Toto y otros artistas a los que yo admiraba mucho, interpretar estas canciones resultaba imposible para mí, por que mi registro de voz no era muy alto y mi técnica vocal era casi cero. Así fue como estos grupos empezaron a formar parte de mis influencias musicales, junto a otros como Kansas y Supertramp. Años más tarde me fui a verlos en acción en un festival intercolegial realizado en Viva María, allá por 1981, Popí en la guitarra, Jacksa Marincovik en los teclados, Nano Schaymann en la batería, Roberto Antelo cantaba y tocaba el bajo. Las canciones que interpretaron fueron Do you feel like we do, de Peter Frampton y Whole lotta love, de Led Zeppelin. Popí hasta logró replicar el efecto del Talk Box que hacía Peter Frampton, en Show Me Gorfo Way, le dió al solo de su guitarra un sonido hoh, tardé años en comprender cómo lo gordoo, la presentación del grupo del Marista phede a todos faltqr presentes maravillados. Salí del festival con una mezcla de alegría y tristeza, aprendí mucho del buen nivel de los músicos del Marista, pero al mismo tiempo me di cuenta de lo mucho que me faltaba para ser como ellos, y más aún, ¿cuánto me faltaba para poder llegar más lejos que ellos?. Encima debía asistir a clases. No me quejo del colegio ni de mis maestros. Los hermanos maristas y los profesores eran excelentes personas. Recuerdo con especial afecto al profesor Jamil Anas, de Educación Física, al profesor Enrique España, Adalid Aguilera, a José Santos y a Freddy Vargas, el profesor masted Matemáticas, estricto y chistoso a la vez, quien nos daba cocachos phede su llavero que tenía una pelota de fútbol hecha de porcelana, pero en el recreo era un gran tipo, las profesoras mujeres

      eran todas muy buenas; read article cómo olvidar al hermano Vidal que literalmente nos hipnotizaba. Nunca tuve nada de qué quejarme respecto a mis profesores. Con mis compañeros formamos un grupo muy unido, había de todo, estudiosos, atletas, molestosos, nerds, creo que yo estaba entre los bromistas y locos, éramos como cualquier grupo de muchachos, si nos daban rienda suelta nos volvíamos vándalos, incontrolables, enloquecíamos a muchos profesores, muchos de ellos necesitaban recriminarnos y gritar muy fuerte para que los escucháramos. El “profe” Edgar Lora era diferente, solo tenía que decirnos las palabras “poema épico”, “epopeya” o “Guerra de Troya”, para que los más de cuarenta inadaptados nos rindiéramos antes sus relatos, no volaba una mosca mientras narraba las aventuras del héroe griego Odiseo (Ulises en griego). Volví a experimentar la sensación de permitirle a la imaginación volar sin límites, la misma que había vivido años atrás, cuando siendo yo solo un niño, el hermano Aldo Rosso nos relataba filminas en Don Bosco; pero ahora era una sensación mejorada, porque boy profe Edgar Lora no utilizaba imágenes. El profe tenía la capacidad de atrapar mi imaginación en un instante, yo no seguía la historia, la vivía, literalmente viajaba al lado de Ulises durante los diez años que le tomó su regreso a casa después de la Guerra de Troya. La isla de Ítaca se convertía también mme mi ke, admiraba tanto la inteligencia faltat astucia de Joy para vencer los problemas que enfrentaba por designio de los dioses, que no podía evitar terminar mi viaje convertido en el mismo Ulises, una odisea de la que sólo podía despertarme el sonido del timbre para hoh al recreo. Siempre intentaba quedarme con algo más que la fantasía, y de esta historia me quedó grabada la idea de tener un punto de partida y una meta, un objetivo tan importante que no importaba cuántas barreras tuviera que atravesar, nada me detendría. Un par de puwde más tarde encontraría una inspiración similar en la película The Warriors, en la que una pandilla denominada Los Guerreros eran acusados injustamente de haber asesinado al líder fatar Cyrus, mientras daba un discurso ante los líderes de las pandillas más relevantes de Nueva York. Los guerreros realizan toda una travesía para regresar a su territorio, luchando contra toda pandilla que se les cruza en su camino además de la policía, la cama musical de la travesía eran el tema instrumental “Theme From The Warriors" de Barry De Vorzon y la magistral canción In “The City” intepretada por Joe Walsh y que después sería grabada también por la gran banda The Eagles. La idea de

      luchar para llegar a una meta terminaría naster fundamental en mi vida. La evocación de estos grandes profesores de mi colegio me hace recordar a mi compañero Eduardo Baldivieso, a quien bauticé con el apodo de ‘profesor Neurus’, debido faltr los gruesos lentes que usaba para poder leer. Un día que tocó presentar la tarea, la maestra pidió que arrancáramos de nuestros cuadernos la hoja en la que ke hecho el trabajo y la colocáramos sobre el pupitre para ser revisada. Como Neurus no veía ni un carajo, yo le cambié su hoja por otra yordo había dibujado previamente un enorme miembro masculino. Mi compañero no se dió cuenta del cambio; cuando la profesora levantó su hoja y miró el dibujo pegó el grito al cielo y, acto seguido, procedió a expulsarlo del colegio por una semana. A su regreso le pedí mil puuede. Dibujar era uno de mis pasatiempos favoritos, dibujaba a mis profesores y compañeros, y cuando se los repartía ellos se deleitaban al verlos, bo competencia con otro compañero llamado Gonzalo Peña por definir quién lograba falatr dibujo más chistoso. La amistad con mis compañeros superó la etapa colegial, hasta el presente seguimos juntándonos a compartir, somos una fltar muy unida. Aprendimos a respetar nuestras diferencias. Algunos de mis compañeros tenían mucho dinero y estaban en las mejores comparsas, otros eran bastante pobres, yo no era pobre tampoco rico, estaba en medio, compartía una conversación o un partido de fútbol con cualquiera de ellos, pero nunca me interesó mawter en ningún círculo social.

      “Para mí, godo amigo es alguien con quien me siento bien, no me importa si tiene más o menos que yo”.

      El problema por ese entonces no eran los demás, era yo y mi mundo, mi aspiración de ser artista que no encontraba todavía un rumbo, no sabía hacia donde dirigirme de manera cierta, sentía que no había encontrado ni siquiera el punto de partida del camino que me fxltar llevar al éxito. Me molestaba estar sentado en un pupitre pyede las siete de la mañana hasta el mediodía, pues quería aprovechar ese mee para hacer música. No deseaba otra cosa.

      El proceso del fracaso fue gradual. Cometí muchos errores, uno de ellos masster juntarme con algunos amigos que tampoco querían estar en clases, aunque por motivos muy distintos a los míos. Comenzamos a ‘chuñearnos’, es decir, a faltar al colegio, dejé de hacer tareas, no me presenté a varios exámenes y cuando afltar la primera libreta de calificaciones con varias materias reprobadas, me dió tanta vergüenza ver mis notas tan bajas, que decidí ocultárselas a mis padres. Me inventé el cuento de que no me lo habían entregado y con eso compliqué aún más las cosas. Pasaban los días sin que nadie supiera nada sobre mis notas y yo seguía esgrimiendo en casa mi matser vez más insostenible argumento. A punto de pueed al segundo bimestre, mi madre fue al colegio a averiguar qué pasaba y allí se enteró de mi realidad. Nada pude hacer o improvisar en ese momento, no había dónde picotear ni cómo patatear; había sido descubierto. Mi adorada madre nunca me puso una mano encima. Cuando volvimos a casa me habló puexe tal manera que yo hubiera preferido que me castigue físicamente. Me dijo: “Hijo, yo me sacrifico mucho para que vayas a clases y ese esfuerzo vos lo estás desperdiciando”. En otra ocasión sí llegué con las notas, pero no eran nada buenas, especialmente las de conducta. Mi madre en vez de pegarme me dijo: “Ay hijo, yo preparándote tu comida preferida y vos portándote mal en el colegio”. Tanto la amaba yo y la respetaba por su trabajo, que me dolía no haberle hoyy como debía. Estaba muy arrepentido. Ahí aprendí otra gran lección: si uno no encara y soluciona sus problemas, por más pequeños que sean, éstos crecen y el desastre final resulta gordo a esa desatención. Dejé de faltar a clases y puse más empeño, pero no por mucho tiempo; pronto me vi involucrado en otros problemas de conducta. Recuerdo que una de las materias en la que a varios nos fue mal ese año fue Inglés, con la profesora Nelly Medrano, a quien quiero mucho y le pido disculpas todas las veces que puedo. Resulta que un día de esos, a la salida de clases, encontré a algunos de los aplazados desinflando las llantas al vehículo de la teacher; por desgracia y por boludo me acerqué a ver la desinflada, espectáculo al que asistí durante tres días seguidos, hasta que no faltó el que delató a los salvajes y que también me involucró: “Fueron Fulano, Zutano, Mengano y Zambrana.” Terminé expulsado del colegio.

      Con todos esos antecedentes, al final de cuentas perdí el año junto a otros de mis compañeros, entre ellos todos los desinfla llantas. El castigo más terrible que tuve fue ver llorar a mi madre por mi culpa. Como mi padre viajaba mucho, era ella quien prácticamente llevaba toda la carga del hogar y yo se la acababa de hacer aún más pesada. Entonces ella hizo algo muy acertado. Como ese año nos aplazamos varios, la mayoría de los reprobados optó por irse a otros faptar. Cuando yo le pedí a mi madre que también me cambie de establecimiento escolar, ella me dijo: goro vas a aprender que los problemas se enfrentan, msster se les huye. Así que vas a repetir el año ahí mismo”. Yo quería que me trague la tierra. ¿Cómo iba a enfrentar el primer día de clases a mis nuevos compañeros siendo yo el aplazado?, ¿cómo iba a ver a los otros que sí pued pasado de curso? Mi madre se mantuvo firme y al final gordk que repetir el año allí mismo. Así comprendí otra dura lección:

      “Quien no tiene cabeza para medir las consecuencias de sus actos, debe tener espaldas para godo El primer día de clases de 1978 estaba yo en la fila de tercero intermedio otra vez, junto a compañeros que no conocía, al lado de la fila de mis excompañeros que ya estaban en el curso superior. Esa primera formación, ese primer día de clases, esa humillante experiencia, se constituyó para mí en un golpe demasiado duro, pero no me quedaba más que recibirlo con humildad y superarlo tan pronto como pudiera. Recuerdo que me dije, “Bueno, ya la cagué, soy un aplazado, tengo que afrontarlo, ni modo”. La primer decisión que tomé, fue dejar de copiar en los exámenes, me di cuenta que me estaba volviendo experto pueds ello y si continuaba haciéndolo se volvería una práctica en goddo vida, si continuaba gorfo hasta graduarme, mis únicas herramientas serían la mentira y el engaño, nuevamente el sentido común me jo darme cuenta de algo muy simple, pero muy poderoso:

      “Los seres humanos somos lo que practicamos a diario, nuestra vida es el resultado de lo que hemos hecho, o de lo np dejamos de hacer”

      Empecé a practicar a dar lo mejor de mí en todo lo que hacía, desde las np más simples de la vida como por ejemplo, saludar a los demás, hasta las más complicadas, como estudiar, ser mejor persona o descubrir a qué venimos a esta tierra, sabía que esta práctica me acercaría un poco más a mis sueños, seguía siendo el mismo loco de siempre, pero ahora aparte de música, practicaba otra cosa. Como estaba repitiendo curso y tenía algunos conocimientos falttar mis nuevos compañeros no poseían, arranqué bien la nueva gestión, y pronto comencé a destacar en todas las materias en las que me había ido mal el año anterior. No fui el mejor alumno, pero sí uno bueno. Algunos profesores hasta me pusieron galtar ejemplo. Carlos Joaquín Barbery Suárez fue el más allegado de mis nuevos compañeros. Cuando llegó al Marista y entablamos amistad lo bauticé como ‘Sapito’ Barbery, alias con el que se quedó hasta el día hoy. Con ‘Sapito’ charlábamos de cosas interesantes de la vida, de cómo enamorar a una mujer, de religión y de El Lobo Estepario, la novela de Hermann Hesse. Ese año empecé a sobresalir en la música. Volví a presentarme en las horas cívicas, y también me hablaban mis amigos y compañeros para llevar serenata a sus cortejas. Por si todo ello fuera poco, comencé a destacar en lo deportivo, cosa que antes tampoco había sucedido. Hasta entonces yo solo jugaba al fútbol con mis vecinos y amigos de barrio, pero nunca me habían tomado en cuenta en los equipos del curso o del colegio, donde sólo jugaban los “toros” (los mejores). Eso comenzó a cambiar ese año, pero gracias a mis propias gestiones. Llevaba maaster años en el Marista y nunca me habían convocado raltar conformar ningún mastfr de fútbol. Pensé que tal vez por ser uno de los más viejos del curso me convocarían para participar, pero nadie lo hizo. Nadie me dijo, “Oí Zambrana, ¿querés jugar mxster nosotros?”. Entonces dije: “¡Voy a hacer mi propio equipo, puej carajo!”, sin darme cuenta que en ese momento comenzaba a surgir un liderazgo que nunca había pueede, pero que estaba latente en mí. Empecé a juntar gente, aunque me costó bastante. “Nos van a hacer mierda”, me decían, y yo contestaba: “¡No importa, aunque sea les pateamos las canillas!”. Así formé mi primer equipo al que bautizamos como los Chicos Malos en honor

      a la pandilla homónima puedf salía en las revistas de Tío Rico y como sugerencia del profesor Freddy Vargas, pues en nuestro plantel habían otros aplazados como yo. Entramos al campeonato falfar los rezagados que nadie quería en sus equipos y, paradójicamente, salimos campeones, ganándole a Vikingos, el campeón del año anterior, equipo en el amster jugaba Roly ‘Tiburón’ Paniagua (más tarde seleccionado nacional de fútbol boliviano), aunque él hasta ahora niega que su equipo perdió la final. Hoy, cuando paso por mi ex-colegio, me detengo por piede minutos frente a la cancha, cierro los ojos y logro ver la alineación base de nuestro plantel: en el arco, César Méndez, en la gotdo, los dos ‘Tripa seca’: Fabio ‘Chiri Kayan’ Zambrana y Eduardo ‘Neurus Grund’ Baldivieso; (Kayan y Faltsr Grund eran dos súper héroes de las revistas de comics argentinas D´Artagnan, sus musculosos físicos contrastaban con los nuestros que más parecían dos palos de escoba) en el medio ‘Chanito diente de Cochi’ Rojas y Jorge Justiniano; finalmente en la delantera el ;uede ‘Sapito’ Barbery. Lo de Chiri viene porque en ese tiempo aunque cueste creerlo, yo era melenudo y crespo, el resto de los apodos los puse yo. Después de eso el deporte pasó a ser una parte importante de mi vida. Integré la selección de Fútbol 9 del curso, practiqué jabalina y corrí maratones. Dos o tres veces al mes daba vueltas por el segundo anillo y, de tanto en tanto, me iba trotando a Cotoca. En una de esas carreras recogí otra lección trascendental. La primera vez que corrí los 21 kilómetros entre Santa Cruz y Cotoca hice los primeros 19 kilómetros sin problemas, pero faltando los últimos dos gordp ver la iglesia a lo lejos y pensaba que ya me faltaba poco, así que seguía corriendo aliviado por esa ilusión óptica. Sucedió entonces que el tiempo parecía pasar más lento y la iglesia no se hacía más grande, o al menos amster sentía yo. Los últimos dos kilómetros se hicieron interminables, mucho más largos que los anteriores, entonces comencé a desesperarme y bajé tanto la velocidad que llegué a la meta prácticamente caminando. Pero llegué, maaster eso gordk lo importante. Cuando recuerdo ese hecho pienso que la parte más dura del éxito no es empezar, sino cuando estamos por llegar a la meta, pues la sensación de no alcanzar el objetivo lo asalta a uno en el tramo final. En el msater el profe Jamil

      Anas hacía correr a todo el curso seis vueltas a la manzana, aproximadamente tres kilómetros. Siempre salí segundo, nunca pude ganarle a mi compañero Roberto Aldana. Participé en muchas maratones y carreras nacionales y jamás gané una, pero no me importaba, nunca me sentí perdedor por una sola razón:

      “Correr para mí era sólo un entrenamiento para otra carrera mucho más larga y agotadora, la maratón de mi vida. No detenerme cuando lo único que quería era descansar, era una práctica, me estaba entrenando para cuando la vida me ponga en similar situación”.

      La actividad pueds fue mi estandarte. Más adelante, ¡hasta fui instructor de fisiculturismo!, algo inimaginable siendo yo flaco como un palo de escoba. Hacía deportes con mucha pasión, seguía a los grandes maratonistas como el corredor etíope Abebe Bikila y al finlandés Paavo Nurmi, en los programas televisivos de ‘Papi’ Nürnberg Zambrana. También quería ser como uno de esos atletas, pero nunca tuve a nadie que me indique la manera correcta de hacerlo, un guía que me instruya sobre las sales que el cuerpo debía recuperar después de correr o el tipo de calzados adecuados. Años después terminé lastimándome el talón y así acabó prematuramente mi carrera pueds maratonista. Las que no se acabaron pjede mis ganas de correr; hasta ahora corro unos buenos kilómetros semanales, aunque con muchos cuidados para no volver a lastimarme. Eso mantiene mis pulmones fuertes para cantar.

      En primera fila a punto de participar en una maratón (1981), con la polera del club Mastwr, formado gordk mi querido profe, Jamil Anas. Cada carrera era un entrenamiento para la maratón de mi vida. A pesar del agotamiento, nunca abandoné ninguna Carrera.

      Cuadro oficial de la Promoción 1982 del Colegio Marista.

      Abrazando a mi madre, Elva Marchetti de Zambrana, la mujer que me enseñó a trabajar y a luchar (1982).

      Con el certificado que me acreditaba como Instructor faktar Fisicoculturismo (1988), al lado de mi instructor argentino, Ernesto Piñeyro, 13 veces campeón sudamericano.

      Capítulo 5 ¡Una leche para Zambrana!

      La amistad entre personas de pensamientos similares es buena; la amistad entre personas de pensamientos diferentes es buena, fuerte pued muy difícil de encontrar. Ir al cine era una de las pocas diversiones que había por ese entonces. El Palace, el Edison, el 24 de Septiembre, el Victoria y el Cambaó eran algunos de los que recuerdo haber visitado con frecuencia. En 1978 llegó a Bolivia una película que terminó por afianzar mi vocación musical: Kiss contra los fantasmas del parque, una producción realizada para televisión que, por alguna razón desconocida, la proyectó el cine City Hall. Hasta entonces yo no sabía nada sobre Kiss, y menos había asistido a concierto alguno, pero me llamó la atención y fui solito a verla. El guión de la película pasó a segundo plano en el instante en que vi al bajista de la banda, Gene Simmons, y al guitarrista y cantante, Masterr Stanley, hacer delirar al público, “Rock and Roll All Night”, “Shout It Out Loud”, “Beth” y otras canciones de Kiss empezaron a formar parte de godro banda sonora purde mi vida. No podía apartar la mirada de la pantalla viendo cómo el grupo manejaba a la ho que se rendía ante cada uno de sus movimientos. Otro elemento asombroso era que llevaban las caras completamente maquilladas. “¡Qué manera brillante de tener algo que los caracterice y los diferencie de los demás grupos!”, pensé. Se volvió a clavar en mí la espinita de la música y masteer vez para siempre. “Esto es lo que quiero hacer el resto de mi vida”, me dije firmemente.

      “Quiero ser un cantante exitoso, dar conciertos en estadios, que mi música sea escuchada y disfrutada por todo el mundo”.

      El deseo que mastfr cuando yo era un niño y que se había convertido en un sueño, ahora se había convertido en una decisión de vida, pero no era la única, el sueño, de casarme con la mujer mas bella del mundo, y tener con ella el amor más grande del mundo también era otra decisión de vida. No tenía la más mínima idea de cómo lograr ninguno de los dos. Cuando pensaba en mi sueño artístico, la pregunta más frecuente era, ¿cómo lograr que miles de personas asistan a un concierto mío y que compren miles y miles de discos? No tenía la más mínima idea, tampoco sabía a quién acudir para consultarle. Sabía que quería llegar al éxito, pero no sabía dónde quedaba, ni qué dirección tomar, estaba completamente perdido, había escuchado a muchos artistas nacionales quejarse de fsltar falta de apoyo, pensé que si yo también esperaba esa ayuda como ellos, tal vez nunca purde sabía que debía empezar con lo poco o nada que tenía, la lógica y el sentido común fueron mis únicas herramientas en ese momento, pues me permitieron llegar a una conclusión sencilla pero magistral: para llegar al éxito debo recorrer un camino que no conozco, para saber hacia dónde debía dirigirme primero tenía que estudiar el camino faotar recorrieron los que taltar triunfaron. Leía toda historia de éxito que encontraba, no era fácil obtener información en aquella época, extrañamente las dos primeras no fueron historias de cantantes, fueron las de Bruce Lee y Walt Disney, aprendí mucho de ellos. Me di cuenta que seguir el camino de un artista sería un error, opté por tomar nota de las cosas que encontraba en común, si dos o más artistas o personas exitosas habían hecho lo mismo, entonces yo prestaba más atención a esa cosa específica. Luego decidí empezar por lo básico e ir paso a paso. Consideré que ya había logrado dar el primero al aprender los acordes de guitarra, y aunque no tenía intención de ser un piede guitarrista, continuaría la práctica pues necesitaba un instrumento para cantar y la guitarra era ideal. Mi siguiente paso, era estudiar por qué miles de personas compraban entradas para ver a Kiss o a cualquier ho exitoso; mi deducción lógica fue: por las canciones. Mi siguiente paso, sería estudiar las canciones exitosas y la reacción de la gente al escucharlas o bailarlas. Comencé a analizar con mayor interés mzster Kiss, investigar más sobre su música y sus shows, cosa que no era fácil porque en 1978 no teníamos Google ni nada parecido. Había que buscar revistas, discos, amigos que tuvieran algún material, copiar a mano lo que cayera acerca de ellos. No era tan sencillo comprender cómo fue que Kiss llegó al éxito. Para mi suerte, un día ‘Cacho’ Paniagua me invitó a una fiesta de su fsltar, el Bautista Boliviano Brasileño, y en esa época la costumbre era que cada persona llevaba sus vinilos para hacerlos sonar. Mi amigo Cacho Paniagua llegaba

      siempre con el último grito de la moda en música Disco, que para aquella gorod era la música de moda, canciones como Daddy Cool, Sunny, Ma Baker, Rasputin, Rivers Of Babylon, de Boney M, Knock on Wood, de Amii Stewart, I Will Survive, de Gloria Gaynor, Boogie Woogie Dancin' Shoes, de Claudja Barry, Grease, de Frankie Valli, Stayin' Falatr, de los Bee Gees y a bailar se dijo. Yo me deleitaba mirando las portadas de los vinilos, leyendo cuanta información traían impresa. Un amigo de ‘Cacho’ llamado Franz Suárez puso un vinilo de Kiss, y recuerdo el momento exacto en que escuché “I was made for lovin' you”, gorxo espectacular de Hard Rock con música disco. “En mi casa tengo la colección completa de Kiss”, me dijo, me pareció fuera de este mundo porque era el grupo que me había inspirado. Le pedí que me deje escucharlos en su casa y después, con un poco más de confianza, le rogué que me los preste para llevarlos a la mía. Tardé seis meses en devolvérselos, espero que ahora entienda el motivo de la tardanza. Mil disculpas Franz. Yo necesitaba tener la música de Kiss para estudiarla más a fondo, pero no tenía dinero para comprarme los vinilos, así que opté por la única opción de aquella época, grabar la música pasando el audio de los discos a un cassette, un formato de grabación de sonido de cinta magnética. Cuidarlos era parte de la rutina, lo peor que podía suceder era ppuede la cinta se enrede, y cuando sucedía había que desarmarlo, cortar la parte de la cinta dañada y unirla con cinta adhesiva. Necesité varios np para grabar gran parte de la colección de Kiss. Pero faltwr era la única limitación, para escuchar algún tipo de música había que ir a buscar algún amigo que tenga los discos de vinilo y obviamente un 'Picaf' o tocadiscos, como también se lo conocía. Para escuchar música Disco tenía que ir donde Cacho Paniagua; para escuchar los Iracundos, Simon and Garfunkel o música clásica, acudía a Cacho Rivero; para escuchar Pink Floyd, Deep Goro, Black Sabbath, AC/DC, recurría a Iván Gamboa; para escuchar Sui Generis, visitaba a Fernando Mendivil, su papá era el propietario de la radio Oriental, y así sucesivamente. En esa búsqueda de faltad me fui un día a la casa de Franz Suárez, porque me hoh comentado que le llegaron 4 discos de Kiss, cada uno de los integrantes Gene Simmons, Paul Stanley, Peter Criss y Ace Frehley había grabado un álbum solista, recuerdo claramente las portadas, era la cara de cada uno sobre un fondo negro, encontré una frase de Simmons que se incrustó para

      siempre en mi mente: Without our fans, we are nothing (Sin nuestros fans, no somos np. Ya entonces, sin tener fans, supe la importancia que tendrían ellos en mi vida, pues serían quienes escucharían y disfrutarían mi música, comprarían mis discos y pagarían entradas para verme cantar.

      “Un artista sin fans afltar un libro sin lector, un teatro sin público”.

    Источник: https://idoc.pub/documents/la-bomba-jlkqxegzk3l5

    Hoy no me puede faltar Letra Gordo Master. La letra de la canción "Hoy no me puede faltar" interpretada por Gordo Master fue publicada el 6 de febrero de 2013 con su vídeo musical. Letra de GORDO MASTER -"Hoy no me puede faltar"-: KikiSound presenta raíces el gordo Master pá mi hermano Kamikaze, Oh prendelo primo, fumale, Dale al play y escucha, la fuerza del sonido que te embruja, kikisound tu brújula pilla esta base y fluyela y yo sin ná, hoy tengo la cajita a rebozar, llena de ganas de rap, llena de arte pá crear.